Estamos juntos en esto

En el mes de marzo llega a Malí lo que se conoce como “la lluvia de los mangos”, que marca el periodo más caluroso del año hasta que en mayo comienza la época de lluvias. Este año parece que ha hecho “más frío” que en años anteriores, con temperaturas que no bajan de los 30ºC, lo que augura una buena cosecha.

Es muy habitual hablar de agricultura en un país donde esta actividad supone la principal fuente de ingresos, a pesar de que el desierto ocupa casi las dos terceras partes del territorio. Para poder atender la demanda local, la gente se las ingenia creando sus propios huertos en los lugares más insólitos, incluidas las rotondas de tráfico de las grandes ciudades.

En Bamako, la capital del país y su principal centro urbano, las cosas funcionan en una especie de orden dentro del caos: vehículos, animales y personas abarrotan las calles día y noche y es difícil encontrar lugares silenciosos entre tanto bullicio.

El aumento de la inseguridad en la región del Sahel parece algo reciente, pero los conflictos étnicos, de manera más o menos explícita, están presentes en el continente desde la época de la colonización. En concreto en Malí conviven 30 etnias diferentes, lo que constituye una de las mayores riquezas del país. El Gobierno nacional, desde 1960, año de la independencia, ha intentado gestionar esta cuestión unificando a las diferentes comunidades culturales bajo el lema patriótico nacional: “un pueblo, un objetivo, una fe”. Esto no evita las diferencias de identidad cultural que existen en Malí, y sorprende el respeto con el que habitualmente conviven.

La mañana del pasado 22 de marzo Malí despertó en perfecta normalidad, con el calor, el ruido y los cortes de luz habituales por esas fechas. Hacía varios días que una capa amarillenta de polvo cubría Bamako, dándole un tono más oscuro a la ciudad. Se trata del harmatán, una tormenta de arena típica de la región sahariana occidental.

Desde que se agravó la situación de seguridad en la región Norte, se habían multiplicado las manifestaciones sociales en Bamako y alrededores en contra de la actuación del Gobierno. Una de las últimas fue la visita de mujeres familiares de militares al palacio presidencial para exigir una mejora de las condiciones de los soldados destinados al Norte. Y cuando las tensiones llevan a organizarse a las mujeres “el asunto pinta grave”, nos decían compañeros locales sin aclarar demasiado el por qué.

Aquel 22 de marzo, a primera hora de la tarde, los hechos que todos conocemos se sucedieron de forma precipitada, y tuvo lugar un Golpe de Estado militar que condujo posteriormente a la formación de un Gobierno de transición.

Este clima de inestabilidad venía forjándose desde hacía tiempo, y es que las dificultades para mantener determinadas tradiciones se hacen cada vez más patentes. Cada día hay más jóvenes universitarios que se forman, hablan idiomas, viajan y entran en contacto con otras formas de vida. Pero no encuentran oportunidades de trabajo en su país, cuyo Gobierno centra sus prioridades en atender las necesidades primarias de supervivencia de gran parte de la población.

La situación en las zonas rurales es muy diferente, pero no menos complicada. Cuando visitamos a las mujeres que trabajan en los proyectos productivos que desde la Fundación CIDEAL llevamos a cabo en el país, valoran especialmente que el trabajo se centre en ellas, porque, según nos comentan, con frecuencia “cuando el hombre tiene más dinero, suele buscarse otra mujer y no invertir en mejorar la vida de la familia que ya tiene”. A la pregunta de “¿cómo va la cosecha?”, responden: “no va muy bien, pero irá mejor, inshallah [si dios quiere]”. El recrudecimiento de los conflictos en el Norte también ha afectado a la seguridad de la población rural, que sufre robos y destrozos en las cosechas y ve paralizada su actividad económica con la consecuente disminución de ingresos.

Si hay algo común a todos los malienses es su fe. Independientemente del culto que se practique, la población es muy espiritual, y encuentra en esa espiritualidad una forma de esperanza de tener una vida mejor, algo que por la vía terrenal parece que se les niega. Sorprende la capacidad de sobreponerse al sufrimiento que tiene la población en Malí y cómo relatan las dificultades de su día a día con una gran sonrisa dibujada en la cara. Una sonrisa que no es de felicidad, sino más bien de estoicismo, y a la que acompañan de una frase muy habitual: “No hay problema, estamos juntos en esto”. Porque una de las mayores tragedias a las que puede enfrentarse un país dependiente de la ayuda internacional es que nos olvidemos de que existe cuando más lo necesita.

Alba Domínguez
Fundación CIDEAL en Malí

(Fotografía: Mathieu Chessel)

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