Vietnam, eco y realidad

Vietnam es una realidad y también un eco. La realidad es un país que crece, desordenado y caótico, pero en paz.  El eco es la Guerra de Vietnam (una de tantas que han padecido los habitantes del país a lo largo de su historia), también llamada Segunda Guerra de Indochina,  un conflicto bélico que enfrentó entre 1964 y 1975 a Vietnam del Sur y a EEUU contra Vietnam del Norte, apoyado por el bloque comunista, en el contexto general de la Guerra Fría.

Mucha gente sólo conoce Vietnam por su eco. Cientos de libros se han escrito sobre el conflicto, decenas de películas se han rodado. Casi podría confeccionarse una enciclopedia sólo enumerándolas. No lo voy a hacer. Eso sería el “Apocalipsis now”.

Sin embargo, la realidad debe silenciar al eco (que no a la memoria y al recuerdo del eco). Vietnam ya no es guerra. Su contorno no se traza ya con el ruido de los helicópteros y los bombardeos, sino que se dibuja con paisajes de colores con cicatrices, pero sin rencor. Se acabó el blanco y negro. Fuera el humo.

El país tiene virtudes que muestra. En los rostros de su gente aparece una sonrisa alegre, la belleza del caos, los sombreros cónicos (aquí no es un tópico turístico), el enjambre de motos que habita en las grandes ciudades, las bicicletas que sobreviven al verano, los arrozales…

Y al hilo de estos últimos, es importante saber que Vietnam continúa siendo un país eminentemente rural. A pesar del creciente éxodo rural, gran parte de su población vive y trabaja en el campo. Una de sus principales ocupaciones es el cultivo del arroz. De hecho, es uno de los centros originarios de su cultivo y se encuentra entre los primeros cinco consumidores del mundo.

Dice un proverbio popular vietnamita que “en tiempos normales, los sabios son los primeros y los granjeros los segundos. Pero en época de hambruna, los granjeros son los primeros y los sabios los segundos”. La sabiduría de la cuchara: saber, en primera persona, lo que es pasar hambre.

Vietnam tiene también defectos. Algunos que muestra y otros, los peores, que no deja que veamos. Pero de eso escribiremos en otro capítulo. Este acaba con otras palabras sabias, las de los versos de Ho Chi Minh, símbolo político y social vietnamita, que bien resume la filosofía de la realidad y del eco del país:

“Me amarraron los brazos, me trabaron las piernas.

Sin embargo, las aves cantan en la montaña.

Las flores, su perfume, embalsaman la selva.

¿Quién me podrá impedir que goce de esta dicha

y ahorre soledad en la ruta infinita?”

Eva Delgado
Fundación CIDEAL en Vietnam

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